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“Solo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena” es una frase hecha que refleja con nitidez cómo tratamos nuestra salud en los periodos en que no sentimos dolores o molestias.

Muchas personas, todavía y a pesar de la cantidad de información que poseemos, no terminan de ser conscientes de la importancia de la prevención en cualquier ámbito de nuestra salud. Si existe esa consciencia de que es algo fundamental, queda relegada al mundo de los deseos.

Me explico; cualquiera de nosotros que haya recurrido a una dietista, por ejemplo, habrá contado con información ajustada, varias posibilidades de abordaje, un plan individualizado, muchas indicaciones y el deseo de realizarlo, y ahí es donde podemos fallar, en el paso del deseo a la acción. Nos parece demasiado complicado o trabajoso cambiar nuestros hábitos o costumbres.

A cualquiera de nosotros que nos pregunten sobre lo que es importante para nuestra salud y lo que debemos hacer para mantenerla o mejorarla, conocemos las respuestas adecuadas y las tenemos  en la boca antes de terminar la pregunta, pero ¿qué hacemos?

Buscar la “fuerza de voluntad” necesaria para afrontar un cambio de costumbres profundas es algo que muchas veces nos parece imposible.

Si lo pensamos un poco, cualquier cambio en acciones rutinarias y repetidas en nuestro día a día, nos cuesta muchísimo. Situaciones (¿manías, costumbres, hábitos?) cómo “cierra la puerta del armario”, “sube o baja la tapa…” se repiten cómo el día de la Marmota de la película.

Cuanto más costosas esas promesas que todos los años nos hacemos en Navidad, dejar de fumar, aprender inglés, ir al gimnasio, o en verano, la operación bikini, y que aún cargadas de una gran dosis de intención, pocas veces cumplimos.

Aunque todo lo dicho anteriormente parece llevarnos irremediablemente a no tener éxito, nada más lejos del mensaje que queremos transmitir. Si ponemos un poco de empeño podemos conseguir los objetivos que nos planteemos.

Si automáticamente seguido al deseo de mejorar, ponemos en funcionamiento la acción correctora y lo hacemos varias veces seguidas, somos capaces de modificar hábitos perniciosos para nuestra salud y cumplir con nuestro propio compromiso de mejora.

Así, y sin darnos cuenta, comemos mejor, paseamos más a menudo, e incluso modificamos actitudes que no nos favorecen en nada en nuestra vida y relación con los demás.

No debemos olvidar que la salud emocional también forma parte de las áreas que nosotros podemos mejorar (si fuera necesario) y que en esa salud está basada gran parte de nuestro bienestar.

“Entrenar” esa manera de funcionar, primero con pequeñas cosas y reforzarnos con el éxito de conseguir esos pequeños objetivos, nos facilita generar un nuevo circuito de acción que llene el hueco del anterior y  nos permite generalizarlo a otras áreas si lo deseamos.

Recordad que no solo el deseo de mejorar mejora, hace falta también nuestra actitud.

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